lunes, 29 de enero de 2018

El boicot no es la solución


Con motivo del nuevo Estatuto catalán, estos días Internet es un hervidero de comentarios acerca de cómo parar una ley que, diríase, sólo consideran beneficiosa sus promotores. Y dentro de ellos, gente como Carod y ZP, que a la limón le dieron el impulso final a ese engendro contra la libertad de los ciudadanos que vino a aprobarse en el Parlamento de Cataluña. A Maragall prefiero dejarlo al margen porque, con independencia de su estupidez megalómana, ya huele a difunto político y no estoy demasiado seguro de si este hombre está detrás del nuevo estatuto catalán —no debe saberlo ni él mismo— o es, simplemente, la víctima propiciatoria que necesita todo proyecto liberticida para, si vienen mal dadas, disponer de una cabeza que echar a rodar.


Desde luego, cuando hablo de beneficios compartidos entre Carod y ZP, no quiero decir, ni mucho menos, que esos beneficios sean de la misma especie, puesto que mientras para el abobado Zapatero representan un “tente mientras cobro”, o lo que es lo mismo: gano unos pocos meses más de poltrona, para Carod el asunto supone beneficio ideológico a medio plazo, como sería el caso de “nazificar” aún más, mediante el nuevo “Estatut”, una región de por sí sometida con entusiasmo de su clase política a los opresores grilletes nacionalistas. Y además desde hace muchos años, que es lo que suele conocerse como “Régimen”.

Retomando el tema inicial, el modo de parar el “Estatut”, lo que más me ha llamado la atención es la medida de boicot a determinados productos catalanes que algunos proponen para que, como mínimo, los nacionalistas se lo piensen tres veces antes de seguir adelante. Error, tremendo error creer que el nacionalismo plegaría velas por conveniencia económica de su pueblo. Si fuese así, hubiesen comenzado por no presentar una Ley estatutaria que representa pan para hoy y hambre para mañana, eso sin contar que reglamenta cualquier actividad de la sociedad catalana, incluyendo el tiempo libre, y, como se ha dicho, intensifica desmedidamente la “nazificación” de los ciudadanos.

Hay quien ni siquiera lo llama boicot, como es el caso de mi compañero Smith, que con su talante liberal, probablemente mucho más abierto que el mío, defiende una postura en la que cada cual es muy libre de hacer lo que considere adecuado. Y así debe ser, querido Smith, porque ante todo la libertad para elegir lo que uno crea razonable. Ahora bien, estos que siguen son mis argumentos -no necesariamente más valiosos que otros- para suponer que el boicot a los productos catalanes (también los vascos o de donde sean) no es la solución a nada y sí una forma de dragar aún más ese abismo que el nacionalismo necesita abrir entre la España razonable, representada precisamente por el liberalismo, y sus propias posiciones totalitarias: 

Se llame "decisión libre" como haces tú, o se llame directamente boicot, quiero reiterar que no lo secundo. No comprar determinados productos catalanes (o vascos) es causarle un trastorno a quienes nada tienen que ver con las decisiones de unas clases políticas nacionalistas destinadas a perjudicar, en primer lugar, a los ciudadanos que los han votado, que a la postre son los principales rehenes de dos comunidades (Cataluña y Vasconia) donde, por falta de libertad, no existe la democracia plena y sí las amenazas de todo tipo a quienes no piensan como sus respectivos regímenes.

Lo que sí comparto es la idea de que los ciudadanos residentes en Cataluña (en este caso no cabe hablar del País Vasco, donde la oposición es muy significativa) dejen de comprar los productos y servicios de las empresas que han apoyado el "Estatut", comenzando por La Caixa, pero sólo los residentes en Cataluña, única forma de que el nacionalismo no se aproveche y se le ayude a encastillarse más. Si tal hecho ocurriere, boicotear en el interior de Cataluña a las empresas compadres del “Estatut”, los nacionalistas probablemente dejarían de frotarse las manos como deben de estar haciéndolo ahora, al sospechar una España sin consumo de cava en la Navidad de 2005.

Considero que nuestra labor debe encaminarse por otras vías, como por ejemplo tratar de llenar, siquiera sea mínimamente, el espacio de una prensa libre que, sobre todo en Cataluña, no existe o se haya muy mediatizada. A los políticos que gobiernan en Cataluña (y el País Vasco) no debemos de darles motivos para que puedan transformar el supuesto boicot en una nueva herramienta, a la que ya denominan "odio hacia sus naciones", con la que aleccionarán a los votantes y con la que adquirirán brazos para la construcción de barricadas ideológicas destinadas a atrincherarse. ¿De qué ha servido, por ejemplo, el embargo americano a Castro?

Nosotros, los liberales, desde la España normalizada y sin complejos, debemos fijar nuestra prioridad no en boicotear nada, sino en hacer desaparecer del Gobierno de la Nación española, siempre por medios lícitos y siempre mediante ideas convincentes, a personajes de la calaña desestabilizadora e interesada de Rodríguez Zapatero. Porque el nacionalismo, sin cómplices egoístas como poseen en ZP, tiene los años contados. Y eso, para una nación centenaria como es España, apenas es un instante. Sí, lo digo a sabiendas de que ese lamentable instante es el que a nosotros nos ha tocado vivir. 

Publicado el 29 de octubre de 2005

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